lunes, 10 de diciembre de 2012

Mind storm (oh, wait)

La debilidad invadió su cerebro femenino, mientras su cuerpo yacía recostado boca arriba en su cama, entre las sábanas de seda y el plumón de ganso. Ni ella se dió bien cuenta en que momento exacto dejó que ésta tomara completo control sobre su acciones, ya premeditadas bajo su clásica aura de racionalidad. El veneno penetra cada vez más profundo entre sus hemisferios; ese olor característico a fracaso inminente había ya invadido sus fosas nasales en más de una ocasión, provocando náuseas incontrolables y deseos de autoinflingirse daño de cualquier modo posible a su alcance. 

Se había cuestionado, un par de veces a estas alturas, si requería o no de ayuda. Si realmente debía contar su gran secreto; o más bien, sus grandes secretos, que ya eran una realidad paralela que sobrevenía en los peores momentos. "¿Por qué la gente inteligente sufre más?", se preguntaba cada día. Su vida era una antítesis constante; no podía dar abasto ni soportar más el peso que cargaba sobre sus hombros - porque claro, los pensamientos densos pesan más. No podía caminar, no podía respirar. El pecho le dolía con cada milímetro de abstracción mental, con cada cuento, con cada visión. 

Había tocado fondo. Ese día, su concentración se nubló a tal punto que tuvo que esconderse en un rincón de la casa a sollozar en silencio. Era hora. Era hora de hacer algo al respecto. Era hora de limpiar su vida de semejantes toxinas, dignas de ser utilizadas como arma de destrucción masiva. La metamorfosis estaba a punto de empezar. Sabía lo que no tenía que hacer, sabía lo que tenía que hacer. Pero siempre terminaba la oración antes de tiempo y confundía ambas. Era tal el revoltijo que el inicio siempre era su final. Las ideas no fluían como antes, se articulaban por si solas, saboteando toda esperanza de salir del infierno en el que su vida se había convertido exponencialmente durante estos últimos meses.

Los cometas intervenían a su favor, lo cual le bastó una vez. El dolor y la angustia eran ya inconcebibles. Estaba equilibrándose en la cuerda floja de la sanidad, ligada por la incertidumbre y el miedo. Este famoso miedo era el que comandaba su vida y la mayor parte de sus decisiones. Pero ella y él eran uno solo, un ente, un pedazo de cielo. "¿Qué quieren de mi? ¿Qué quieres de mi? ¿Qué quiero de mi? ¿Qué quiero de ti?". Era un atado de preguntas sin respuestas lógicas ni válidas. Sólo podía fingir normalidad. 

Era un robot. Se había acostumbrado a omitir cada impulso de vandalismo, y reemplazarlo por un mecanismo de defensa de fácil aplicación. Parecía haber dado resultado. Su paciencia había alcanzado las nubes. Sin embargo, a veces se sentimentalizaba un poco para complicar las cosas, pero no era adrede. 

Entonces, apareció. O desapareció. Y ya nada pudo ocultar su vibración como lo había hecho en los últimos 2 años. Agotó todo recurso de protección y amparo, dió vuelta la situación. Invirtió roles de manera categórica y la dejó vulnerable a todo ataque. A toda agresión. En un principio, el velo suicida de autodestrucción que lleva puesto le abrió paso al mundo de lo desconocido; mas no fue misterioso lo que encontró. Se vió reflejada en un espejo. El espejo que abre paso al abismo que tenía en su corazón. Veneno en el cerebro y un abismo en el corazón: ¿qué podía ser peor?. Trató de practicar la evasión contemporánea  pero le fue imposible. La única respuesta que se le vino a la cabeza fue: sumisión. 

Y sigue en eso, atrapada. Infeliz, angustiada. Le arde el estómago y le silba el pecho. Su cerebro ha ido perdiendo la capacidad de crear nuevas soluciones. La imaginación decrece cada día un poco, se marchita. Su alma se ahoga inevitablemente. 

¿Qué hacer cuando se sabe que hacer y no se puede? Hasta que no se me ocurra una segunda parte habrá un gran vacío, pues el entorno en su calidad dinámica no basta para acabar con aquel sufrimiento. Y duele. Duele la duda y la ciclotimia.

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